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Sin poder manejar este período, Milei cree llegar al 2027 para ser reelecto.

Milei proyecta su reelección en 2027 y profundiza su embestida contra aliados y opositores.

El presidente Javier Milei aseguró que ya piensa reformas estructurales para un segundo mandato, al dar por hecho que será reelecto en 2027. “En el ’27 voy a ser reelecto”, afirmó sin titubeos durante una entrevista transmitida por el canal de streaming Neura, donde expuso su visión de largo plazo para el país y reiteró sus críticas a sectores que considera “obstáculos” para su proyecto.

La declaración no solo reafirma el estilo confrontativo del mandatario, sino que también refleja una estrategia política: consolidar un relato de éxito futuro que justifique las dificultades del presente. En ese marco, Milei intenta instalar la idea de que los ajustes y reformas en curso requieren continuidad en el poder para alcanzar resultados sostenibles, una narrativa clásica en proyectos personalistas de transformación.

Durante la entrevista, el jefe de Estado volvió a cargar contra su vicepresidenta Victoria Villarruel, a quien acusó de haber habilitado “una sesión ilegal” en el Senado que terminó con la aprobación de leyes impulsadas por la oposición, entre ellas una actualización para jubilaciones. “La traidora dio lugar a una sesión ilegal para que rompan el equilibrio fiscal”, disparó. El vínculo entre ambos se ha deteriorado a pasos acelerados, y Milei no oculta el resentimiento ante lo que interpreta como un quiebre de lealtad.

Además, el Presidente apuntó nuevamente contra el kirchnerismo, al que responsabilizó por el peso de la deuda externa: “El 60 por ciento de la deuda es de los kukas, deuda que hoy es de 450 mil millones de dólares”, dijo, y agregó que ese espacio político funciona como “una secta” que no acepta datos positivos. Con estos señalamientos, Milei busca consolidar a su electorado más fiel mediante un enemigo común: la “casta política” en general, pero con énfasis particular en el kirchnerismo como símbolo del “modelo decadente”.

En el plano económico, lo acompañó el ministro Luis Caputo, quien minimizó la suba del dólar registrada en la jornada al remarcar que en un esquema de tipo de cambio flotante es normal que la divisa oscile: “En 18 meses ya pasó tres o cuatro veces… tenemos controlada la cantidad de dinero, la flotación ahora funciona igual que en un país normal”, aseguró.

Por su parte, Milei acusó a sectores opositores —en particular al kirchnerismo— de fogonear la volatilidad cambiaria. Mencionó incluso al Nobel de Economía Joseph Stiglitz, a quien tildó de “basura” y acusó de pronosticar el “apocalipsis” en connivencia con ese espacio político. La descalificación del académico se inscribe en una estrategia comunicacional que busca desacreditar toda crítica externa, incluso la proveniente de figuras prestigiosas a nivel internacional, para reforzar el discurso de victimización frente a supuestas conspiraciones globales.

Finalmente, rechazó las advertencias sobre los efectos sociales de su programa económico: “Nosotros queremos un país donde el PBI sea de 80 mil dólares como Estados Unidos, pero no se alcanza de un día para el otro”, afirmó. La frase condensa el relato oficial: el sacrificio es necesario y los frutos llegarán, pero mientras tanto, la única opción es respaldar el rumbo actual.

¿Puesta en escena?

La entrevista de Milei puede leerse como una puesta en escena cuidadosamente diseñada para reforzar su liderazgo carismático, proyectar seguridad frente a los problemas y continuar alimentando el antagonismo con actores que disputan poder o capacidad de decisión, como su propia vicepresidenta o economistas críticos. Al asegurar su reelección con tres años de antelación, el Presidente despliega una narrativa de inevitabilidad, que intenta bloquear cualquier discusión sobre alternancia política.

En lo económico, tanto Caputo como Milei intentan transmitir una imagen de control técnico y racionalidad de mercado, en contraste con el caos que, aseguran, generan sus adversarios. Sin embargo, el tono agresivo y personalizado contra referentes como Stiglitz o Villarruel revela un alto grado de tensión interna y una creciente dependencia del discurso polarizante para mantener cohesionado su capital político.

Milei no solo gobierna: ya está en campaña. Y en ese terreno, sus enemigos —reales o construidos— son tan funcionales a su narrativa como las promesas que, por ahora, siguen ancladas en un futuro lejano.

Editor de Política de Tribuna de Periodistas

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