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Nacionales. Panem et circenses (pan y circo).

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Anteanoche no se inauguró un período legislativo. Se levantó el telón. El 1 de marzo de 2026, no ingresó al Congreso como jefe de Estado de una república fatigada; entró como protagonista excluyente de su propia arena. El hemiciclo nacido en 1853 —concebido para que el poder se limite a sí mismo— fue transformado durante una hora y cuarenta y tres minutos en escenografía de alto voltaje: ovaciones cerradas del oficialismo, carteles opositores, bancas vacías que también hablan, y un Presidente que alternó cifras con provocaciones, balance con desafío.

El libreto era previsible. Herencia devastadora. Superávit fiscal como trofeo moral. Más de catorce mil normas desreguladas. Y la promesa central: noventa reformas estructurales, diez por ministerio, una por mes durante nueve meses ininterrumpidos. Reformas a los códigos de fondo, juicio por jurados federal, blindaje de la propiedad privada, apertura comercial sin “prejuicios ambientalistas”, alineamiento geopolítico sin ambigüedades. El ajuste presentado como purificación ética. El mercado como principio ordenador. Occidente como horizonte.

Algunos datos resisten el contraste. Otros descansan más en la épica que en la evidencia. Pero el núcleo de la noche no estuvo en la estadística.

Estuvo en el tono. Y en lo que ese tono revela. “Manga de ladrones”. “Me encanta domarlos”. “Les encanta verlos llorar”.

No fue desborde. Fue método. El adversario dejó de ser interlocutor para convertirse en trofeo. El Parlamento dejó de ser contrapeso para mutar en ring. La moral invocada ya no operó como límite al poder, sino como combustible para la tribuna.

Polarizar ordena. Dramatizar cohesiona. Simplificar moviliza. Todo eso es políticamente eficaz. Pero la democracia constitucional no fue diseñada para la eficacia emocional sino para el equilibrio. El sistema de frenos y contrapesos no existe para celebrar la voluntad de uno, sino para contenerla cuando se entusiasma consigo misma.

Cuando el Presidente disfruta más el combate que el acuerdo, el mensaje institucional cambia de naturaleza. El poder ya no se presenta como responsabilidad, sino como fuerza. Y la fuerza, en política, siempre seduce más rápido de lo que construye.

No se trata de pedir moderación estética. Se trata de recordar que la autoridad no se mide por la capacidad de humillar al adversario, sino por la de persuadirlo sin dinamitar el terreno común. El insulto electriza. La ley perdura. El sarcasmo viraliza. Las instituciones sostienen.

La historia no es literatura comparada, pero deja huellas claras. Las repúblicas no se erosionan de golpe: se desgastan cuando el foro se convierte en escenario y el aplauso reemplaza al argumento. Roma no perdió su forma en una noche; la fue vaciando de límites hasta que el límite desapareció.

“La soberbia precede a la caída” no es moralina bíblica. Es mecánica del poder.

República o circo no es una figura retórica. Es una práctica cotidiana que se juega en las palabras, en las formas, en la relación con el adversario. Anoche, el Congreso fue más arena que foro. Más espectáculo que deliberación. Más rugido que argumento.

El espectáculo termina. Siempre termina. Las luces se apagan, la tribuna se dispersa, la adrenalina baja.

Lo que queda no es el aplauso. Es la estructura que lo soportó. Y las estructuras, cuando se fisuran, no gritan. Caen.

Periodista de investigación

https://ricardobenedetti.com/

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