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Nacionales. Javier Milei: el justiciero del insulto

Javier Milei no es Hitler. Tampoco es Mussolini.

No ha montado campos de concentración, no persigue judíos ni exalta la pureza racial (sí la pureza ideológica). Pero sería una ingenuidad peligrosa creer que eso basta para exculpar su discurso de resonancias autoritarias. Si la historia enseña algo, es que los monstruos no llegan gritando que lo son: lo hacen envueltos en banderas, citando libros sagrados, ideologías, dogmas y, frecuentemente, con el aplauso cerrado de multitudes frustradas.

La retórica mileista, travestida de liberalismo, exhibe una estructura que inquieta a cualquiera que haya leído un mínimo de historia política del siglo XX. La exaltación del líder como “el único” capaz de enfrentar a una “casta” corrupta; la deshumanización sistemática del adversario, presentado no ya como opositor, sino como enemigo; la apelación emocional al odio social como motor de cambio; la negación misma de lo político en nombre de una supuesta racionalidad técnica o de una dudosa verdad científica.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda del Tercer Reich, sostenía que “la propaganda debe ser popular, adaptarse al entendimiento del más limitado de los individuos”. Milei no hace otra cosa cuando convierte a sus adversarios en caricaturas, y a sus votantes en fanáticos que repiten eslóganes como mantras: “viva la libertad, carajo”, “la casta tiene miedo”, “zurdo de mierda”, “el dólar flota”, “mandriles”, etc. En fin, todo un führer libertario.

Hitler hablaba de la “traición de noviembre” para explicar la situación alemana luego de la primera guerra. Mussolini culpaba a la “decadencia liberal” por la miseria de Italia. Milei, por su parte, agita los fracasos del Estado argentino como una consecuencia directa de la democracia representativa (“el Congreso es un nido de ratas”) y de la libertad de expresión (“no odiamos lo suficiente a los periodistas”) sin mencionar que fue esa misma democracia y esa misma prensa, la que le facilitó su llegada a la Presidencia. Y todo ello, mientras su movimiento, cada vez más, se transforma en un seleccionado nacional de lo que el propio Milei denomina “casta”, y mientras un importante sector del periodismo se vuelve adicto a su gobierno o analiza sus desaciertos y escándalos con doble vara.

Más aún, como si hiciera falta confirmar la lógica paranoide del autoritarismo, Javier Milei ya ha comenzado a purgar su propio entorno. Considera traidora a su vicepresidente por el hecho de existir, y por un sin fin de incomprobables acusaciones. Ha arrojado por la borda a importantes funcionarios y asesores, acusándolos de traición, ineficiencia, comunismo, o incluso de conspiraciones absurdas. El que ayer era héroe hoy es casta. El que ayer era imprescindible hoy es un infiltrado. Todo el que lo contradice o no lo sigue al pie de la letra se vuelve enemigo.

El paralelismo con los regímenes autoritarios europeos del siglo XX no es moral ni criminal, sino estructural: la lógica discursiva es similar. El rechazo a los consensos, la promesa de restaurar un orden perdido (el de la Argentina del fraude, pero sin el rol virtuoso y decisivo que desempeñó el Estado en aquella etapa) la reducción del conflicto social a una lucha donde la “gente de bien” se enfrenta a “parásitos”, “ñoquis” o extranjeros. En fin, fascismo del siglo XXI con disfraz de youtuber libertario.

Ahora bien, el problema no es tanto Milei, sino su caldo de cultivo. Toda una generación adoctrinada en el autoritarismo K, que reniega de las instituciones, rehúye a la democracia republicana y abandona progresivamente el derecho al voto. Se despoja de la mitología kirchnerista, ante su evidente fracaso, pero mantiene las peores prácticas políticas del peronismo.

Por supuesto que también es el problema una sociedad harta de inflación, corrupción e impunidad, que encontró consuelo en un justiciero del insulto. Una sociedad que se niega a percibir que el silencio ante la humillación de algunos es aún más humillante para quienes deciden no levantar la voz, y se someten pasivamente a la indignidad.

Columnista de Análisis y Opinión de Tribuna de Periodistas

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