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Milei entra en zona de riesgo: la economía aprieta, la inflación vuelve y la promesa moral empieza a resquebrajarse

Hay momentos en política donde los números dejan de ser números y pasan a ser señales. Este es uno de esos momentos.

El último Monitor de Humor Social y Político de D’Alessio IROL/Berensztein (abril 2026) no muestra solo un gobierno que cae. Muestra algo más delicado: un gobierno que empieza a cambiar de fase. La foto es conocida, pero ya no alcanza con mirarla así.

El 57% de los argentinos evalúa negativamente la gestión de Javier Milei y el 41% la aprueba. Es el peor registro desde que asumió. Pero el dato, por sí solo, dice poco. Lo que importa es lo que lo está empujando. Primero, la economía. Ahí no hay sorpresa, pero sí hay profundidad.

El 64% cree que el país está peor que hace un año. Y, más importante todavía, el 67% siente que su situación personal también empeoró.

Ese número es el corazón del problema. Porque la política puede discutir indicadores, pero no puede discutir la percepción del propio bolsillo. Cuando la mayoría siente que retrocede, el clima cambia. Y cambia rápido.

Las expectativas tampoco ayudan: solo el 41% cree que va a estar mejor dentro de un año, mientras que el 56% piensa lo contrario. No es desesperación todavía, pero sí es pérdida de horizonte. Y sin horizonte, el esfuerzo deja de tener sentido. A esto se suma un dato que parecía haber quedado atrás: la inflación.

Después de varios meses fuera del centro de las preocupaciones, vuelve con fuerza. Salta 23 puntos y alcanza al 60% de menciones. No es un detalle técnico. Es un cambio de clima. Cuando la inflación reaparece como problema central, todo el resto se vuelve más difícil: negociar, esperar, creer.

Hasta acá, economía. Un deterioro consistente, medible, incómodo. Pero lo que termina de explicar el momento es otra cosa.

El propio informe lo señala: la caída en la evaluación del gobierno se acelera por los escándalos y sospechas de corrupción dentro del gabinete. Ahí aparece el verdadero punto de inflexión.

Milei no llegó solo con un programa económico. Llegó con una promesa moral. Con la idea de que, más allá del ajuste, había una diferencia clara con lo anterior. Cuando esa diferencia se pone en duda, el contrato cambia.

El ajuste puede ser duro. Pero si se percibe como necesario y justo, se tolera. Cuando empieza a oler a privilegio o a discrecionalidad, deja de ser un sacrificio compartido y pasa a ser una imposición.

Y en ese punto, la política se vuelve mucho más inestable. Los datos empiezan a mostrarlo, incluso donde el oficialismo sigue siendo fuerte. Dentro del electorado de La Libertad Avanza, la aprobación sigue alta (87%), pero ya no es inmune. El optimismo económico cae y la percepción personal empeora. No es ruptura. Pero sí es desgaste.

Al mismo tiempo, aparece otro indicador silencioso pero relevante: el liderazgo deja de ser exclusivo. En el ranking de imagen positiva del oficialismo, Guillermo Francos encabeza con 44%, seguido por Patricia Bullrich con 42% y Diego Santilli con 39%. Milei queda en cuarto lugar con 38%.

No es una crisis de liderazgo. Pero ya no es centralidad absoluta. Y en política, cuando la centralidad se diluye, se abre la discusión. Mientras tanto, la sociedad se ordena en dos planos que casi no se cruzan.

Para los votantes libertarios, las principales preocupaciones siguen siendo la inseguridad (78%) y la impunidad del kirchnerismo (64%). Para la oposición y los sectores intermedios, la agenda es otra: incertidumbre económica (88%), ajuste (86%) e inflación (80%). No es solo polarización. Es desacople.

Dos diagnósticos distintos sobre qué está mal. Y, por lo tanto, dos ideas distintas sobre qué debería pasar. En ese contexto, el 41% de apoyo al gobierno funciona cada vez menos como piso y cada vez más como límite.

Porque cuando se combinan tres factores (deterioro personal, inflación en alza y dudas sobre la integridad) la política entra en una zona distinta. Más volátil. Más emocional. Más difícil de estabilizar. El gobierno todavía tiene tiempo. Pero ya no tiene margen amplio.

Necesita mostrar resultados económicos que se sientan en la vida cotidiana. Y, sobre todo, necesita sostener sin fisuras el único activo que lo volvió competitivo desde el inicio: la credibilidad moral.

Porque si eso se pierde, todo lo demás pesa más. Y en Argentina, cuando la sociedad empieza a sentir que el esfuerzo no es parejo, la paciencia no se erosiona de a poco: Se corta.

Periodista de investigación

https://ricardobenedetti.com/

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