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Javier Milei, la inflación y el límite del relato: cuando la economía exige resultados.

Javier Milei volvió a poner el foco en la inflación, esta vez reconociendo que sigue en niveles elevados, pero renovando una promesa ambiciosa: llevarla a cero en agosto. Más que una proyección estrictamente técnica, se trata de una señal política. Cuando un gobierno siente que necesita reafirmar el rumbo, suele apoyarse en certezas fuertes, incluso cuando la realidad todavía no las convalida.

Sin embargo, los datos empiezan a mostrar un escenario más exigente. El propio ministro de Economía, Luis Caputo, admitió que hubo un “retroceso en el proceso de desinflación” y dejó al descubierto un problema de fondo al señalar que “no se puede obligar a la gente a quedarse con pesos”. En otras palabras, lo que está en juego es la confianza. Y sin confianza, ningún programa económico logra consolidarse.

La insistencia del Presidente con la inflación no es casual. Detrás de ese énfasis aparece una preocupación más profunda: el desgaste social. Aunque el ritmo de aumento de precios se desaceleró respecto de los picos anteriores, sigue siendo alto para una sociedad que esperaba una mejora más rápida. A eso se suman otros indicadores que encienden luces amarillas: aumento de la desocupación, caída en la utilización de la capacidad industrial, retracción del consumo —incluso en bienes importados más accesibles— y un riesgo país que continúa elevado. El malestar, todavía incipiente, comienza a hacerse visible.

Frente a ese panorama, Milei opta por una estrategia conocida: confrontar. Denuncia una supuesta “carnicería” impulsada por sectores empresarios y mediáticos, y desestima las críticas como operaciones interesadas. Es un recurso político efectivo para consolidar a su núcleo duro, pero menos útil cuando el problema no es discursivo, sino económico y tangible.

Ahora bien, el cuadro dista de ser completamente negativo. Existen sectores que muestran dinamismo, como el agro y la energía, y el Gobierno logró sostener el superávit financiero, algo poco frecuente en la historia reciente. También se registran anuncios de inversión y señales de respaldo desde organismos internacionales, que valoran el orden macroeconómico alcanzado.

El contraste aparece en el resto del entramado productivo. Persisten cierres de comercios, dificultades en la industria, aumento de la mora tanto en familias como en empresas, tasas de interés todavía altas y un crédito prácticamente inexistente para impulsar la inversión o la construcción. En la vida cotidiana, amplios sectores sienten que llegar a fin de mes sigue siendo un desafío.

El principal desafío del Gobierno no parece estar en la arquitectura del plan económico, sino en la gestión de sus tiempos. Milei nunca explicitó con claridad que el proceso de estabilización y crecimiento podía extenderse durante varios años, posiblemente más allá de su mandato. Como candidato, era lógico prometer resultados rápidos. Como Presidente, se enfrenta ahora a una restricción inevitable: la economía no responde al ritmo de la política.

La Argentina atraviesa una transformación estructural: deja atrás un modelo cerrado, sostenido por subsidios y orientado al consumo, para avanzar hacia uno más abierto, competitivo y sin asistencia estatal generalizada. Ese tránsito implica costos. Es un proceso incómodo, comparable a atravesar un campo minado. Y en ese trayecto, las promesas no alcanzan: lo que se necesita es una dirección clara y creíble.

Ahí radica el verdadero reto político de Milei. Debe sostener el respaldo social en un contexto donde los beneficios todavía no son visibles para la mayoría. Necesita que, hacia 2026, una parte significativa de la población perciba mejoras concretas en su situación. Porque no basta con que el programa sea consistente; también debe ser tolerable en términos sociales.

Al mismo tiempo, el frente político introduce tensiones adicionales. Episodios como el caso Libra o las controversias por viajes de funcionarios, si bien menores en comparación con escándalos de etapas anteriores, generan ruido porque contrastan con el discurso ético que el propio Milei promovió. Cuando la vara se eleva, cualquier desvío adquiere mayor relevancia.

La oposición, aún fragmentada, intenta capitalizar esos flancos. Cristina Kirchner recurre a su retórica habitual, mientras enfrenta causas judiciales que se remontan a años previos. El oficialismo, por su parte, busca contener el impacto y mantener la iniciativa, incluso con movimientos como la posible eliminación de las PASO para ordenar el escenario electoral.

Pensando en 2027, Milei conserva una ventaja relativa: no hay una alternativa opositora claramente consolidada. Sin embargo, esa ventaja es frágil. El PRO enfrenta dificultades para redefinir su identidad tras haber acompañado al actual gobierno, y otros espacios aún no logran articular una propuesta competitiva.

Pero en política, ninguna posición es permanente. Los votos no pertenecen a los dirigentes, sino a la sociedad. Y la sociedad, en última instancia, evalúa en función de su realidad concreta.

Por eso la inflación ocupa un lugar central en el discurso presidencial. No es solo una variable económica: es el indicador que sintetiza la experiencia cotidiana de los ciudadanos. Si el Gobierno logra reducirla de manera consistente, fortalecerá su posición. Si no, el desgaste será inevitable.

La experiencia argentina reciente es clara en este punto: no alcanza con tener un plan correcto en términos técnicos. Sin resultados visibles, el respaldo político se erosiona. Milei todavía tiene margen para consolidar su proyecto, pero ese margen no es infinito. El tiempo, como siempre, juega su propio partido.

 

Columnista de Análisis y Opinión

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