El regreso silencioso de Jaime Stiuso: poder en las sombras y tensiones en la inteligencia argentina.
Pasan los años y, sin embargo, el fantasma de Antonio “Jaime” Stiuso sigue recorriendo los pasillos de la SIDE. El ex director general de Operaciones, uno de los hombres más influyentes y enigmáticos de la historia de la inteligencia argentina, nunca terminó de irse del todo. Diez años después de su salida forzada, vuelve a tener voz, influencia y, sobre todo, acceso a la información que más celosamente custodian los servicios.
Desde que abandonó la SIDE, a fines de 2014, Stiuso se dedicó a dos tareas centrales: mantener vivas las causas judiciales que le interesaban y reconstruir, pacientemente, sus lazos con la estructura de inteligencia vigente. Durante años trabajó en silencio, bajo perfil, pero sin perder nunca sus contactos ni su capacidad de presión.
Del exilio al regreso
El último tramo del kirchnerismo lo obligó al exilio, como publicó oportunamente Tribuna de Periodistas. La ruptura con Cristina Fernández de Kirchner fue total, sobre todo tras la muerte del fiscal Alberto Nisman, en enero de 2015, un episodio que quedó para siempre asociado a su nombre. Stiuso desapareció del mapa, presionado por un gobierno que lo acusaba de haber actuado en las sombras y que lo veía como una amenaza permanente.
El macrismo, por su parte, lo miró con respeto y temor. Mauricio Macri y su mesa chica sabían de la pericia y del peso de Stiuso, pero preferían mantenerlo a distancia. Hubo seguimientos, operaciones en su contra y hasta un supuesto monitoreo por parte de la red de espías ilegales conocida como “Los Mario Bros”, manejada por Gustavo Arribas y Silvia Majdalani, entonces responsables de la AFI.
Con la llegada de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, las puertas de la inteligencia oficial permanecieron cerradas para él. No hubo intentos de acercamiento, ni posibilidad de regreso.
El presente: influencia sin cargo formal
Diez años después de aquella salida traumática, Stiuso reapareció con mayor certeza. No ocupa un cargo formal dentro de la estructura, pero volvió a tener voz y peso. El actual jefe de la Secretaría de Inteligencia, Sergio Neiffert, lo consulta. Y Santiago Caputo, uno de los hombres de mayor confianza de Javier Milei, mantuvo reuniones con él.
La señal más clara de su influencia es la designación, en la Dirección de Contrainteligencia, de un funcionario de su confianza. Esa área, que fue el corazón de su carrera, es estratégica: le garantiza acceso privilegiado a información sensible y lo mantiene vinculado a los contactos internacionales que supo cultivar con agencias como la CIA y el Mossad.
El dilema de las lealtades
La reaparición de Stiuso genera un dilema inevitable: ¿a quién responde hoy el director de Contrainteligencia? ¿A Neiffert, a Guillermo Francos —a cargo de la conducción política del gobierno—, a Santiago Caputo, o directamente a Stiuso? La pregunta refleja la tensión estructural que atraviesa a la Secretaría de Inteligencia en su conjunto: múltiples jefaturas, intereses cruzados y figuras en las sombras que compiten por información y poder.
Actualmente, la Secretaría se encuentra dividida en tres agencias principales:
–Agencia de Seguridad Nacional, liderada por Alejandro Cecati, hombre impulsado por Enrique “Coti” Nosiglia.
–Agencia Federal de Ciberseguridad, a cargo de Ariel Waissbein, más cercano a Caputo.
–Servicio de Inteligencia Argentino, encabezado por Alejandro Colombo, un funcionario con fuerte conexión con las embajadas extranjeras y respaldo directo de la CIA y el Mossad.
En junio de 2024, Waissbein y Colombo mantuvieron una reunión en Casa Rosada con Rodrigo Lugones y Caputo, lo que confirmó el vínculo directo entre inteligencia y la mesa política del gobierno.
Poderes paralelos
El esquema actual muestra que cada uno de los tres jefes principales terminó alineándose con un padrino político distinto. Cecati está más cerca de Stiuso, Waissbein responde a Caputo, y Colombo se apoya en su red internacional.
El resultado es una estructura de inteligencia fragmentada, donde las lealtades están repartidas y, en ocasiones, se superponen. Y en ese escenario, Stiuso vuelve a aparecer como un jugador determinante: sin cargo oficial, pero con operadores, aliados y contactos que lo colocan en una especie de “cuarta jefatura informal”.
El eterno retorno
La historia de Stiuso refleja la dificultad de la política argentina para desprenderse de viejas figuras de los servicios. Ningún gobierno logra neutralizarlo del todo, y su nombre siempre termina reapareciendo en los momentos clave. Su permanencia, a pesar de los cambios de signo político y de las purgas internas, demuestra el peso real de la inteligencia paralela: aquella que no depende de cargos, decretos ni presupuestos oficiales, sino del acceso a la información y a las redes de poder internacionales.
Hoy, a una década de su salida forzada, Stiuso volvió a instalarse en la trama de la inteligencia local. No necesita oficina, ni cargo, ni presupuesto: le alcanza con estar informado y con mantener la capacidad de influir en las decisiones. Y, como tantas veces en el pasado, su sola presencia se convierte en un problema para todos los actores en juego.

Subeditora de Economía de Tribuna de Periodistas