El problema para competir no es China ni la India: es el «quilombo» impositivo argentino
Cada vez aparecen más señales de que a gran parte de la producción argentina le cuesta competir. Los ejemplos están a la vista: una empresa del grupo Techint perdió una licitación frente a una firma de la India para proveer caños a Vaca Muerta, y al mismo tiempo la industria automotriz local está estancada mientras empiezan a entrar autos eléctricos chinos mucho más baratos.
Frente a esto, la reacción de siempre es la misma: volver a pedir protección para la industria nacional, aunque eso signifique precios más altos y menos opciones para todos.
Pero hay otra forma —mucho más útil— de encarar el problema: discutir por qué no somos competitivos. Y ahí aparece un tema clave que casi siempre se esquiva: el sistema impositivo dentro del federalismo argentino.
Ahora bien, surge la pregunta del millón: ¿el federalismo es el culpable de nuestra falta de competitividad? Si miramos lo que pasa en los países desarrollados, la respuesta es clara: no necesariamente. Según un informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA) basado en datos de la OECD:
-La presión tributaria promedio es del 33,7% del PBI.
-En países unitarios, llega al 34,5% del PBI.
-En países federales, es del 32,1% del PBI.
O sea: no hay grandes diferencias entre países federales y unitarios, ni en la carga impositiva ni en los impuestos que aplican. Es cierto que en un país unitario todo es más simple, pero muchos países federales demuestran que, con buena coordinación entre niveles de gobierno, se puede funcionar igual de bien. El federalismo no es el problema; la falta de acuerdos, sí.
En Argentina, el gran lío viene de que cada nivel de gobierno cobra impuestos sin coordinar con los demás. El mejor ejemplo es el impuesto a las ventas. En la mayoría de los países de la OECD hay un solo impuesto: el IVA, porque es el más eficiente.
Acá no: tenemos IVA nacional, encima Ingresos Brutos provinciales con mil alícuotas y adelantos, y además tasas municipales que funcionan como un “Ingresos Brutos versión local”. Resultado: una misma venta paga impuestos tres veces, sin ningún tipo de coordinación.
La conclusión es simple: los problemas de competitividad no se arreglan cerrando la economía, sino eliminando las distorsiones que los generan. Y una de las principales es este enredo impositivo.
Un paso clave sería que el IVA absorba Ingresos Brutos y las tasas municipales, creando un Súper IVA. Con eso se simplifica la administración, mejora la seguridad jurídica y se pone a la producción nacional en igualdad de condiciones frente a la importada.
La alícuota del Súper IVA debería ser más alta que la actual, porque tiene que compensar lo que hoy recaudan provincias y municipios, pero más baja que la carga real que hoy surge de sumar todos los impuestos juntos, especialmente si se logra reducir la evasión.
Por eso no sorprende que Techint haya perdido frente a una empresa india. En 2017, la India implementó un Súper IVA, coordinado entre el gobierno federal y los estados. Ese mismo camino es el que Brasil empezó a recorrer y ya está implementando, justo nuestro principal socio comercial.
Que Brasil ya esté avanzando marca la urgencia y lo inevitable: si Argentina no quiere seguir perdiendo competitividad, tiene que empezar ya la negociación política y el diseño de su propio Súper IVA.
Editora de Economía de Tribuna de Periodistas
