En el entramado político argentino pocas figuras generan tanta fascinación y controversia como Karina Milei. Hermana del Presidente y secretaria general de la Presidencia, se ha convertido en un actor central del oficialismo sin ocupar un cargo electivo ni exponerse en los medios con la frecuencia habitual de los protagonistas del poder. Su influencia, sin embargo, atraviesa casi todos los niveles del gobierno y su estilo despierta tanto admiración como críticas.
Terminado el período en donde las alianzas y, fundamentalmente, los candidatos a las elecciones nacionales de octubre han quedado ya definidos, la pregunta de fondo es si Karina Milei representa la columna vertebral del proyecto libertario o, por el contrario, si su poder sin contrapesos puede terminar desestabilizando a la administración que ayudó a construir.
El primer mérito de Karina Milei es haber sido el sostén emocional y político de Javier Milei en su travesía desde la periferia mediática hasta la presidencia. En un país donde la política suele devorar a sus protagonistas, su rol de “guardián” ha resultado determinante: supo filtrar, proteger y ordenar una carrera que parecía improbable.
Quienes conocen al Presidente reconocen que sin la figura de su hermana, con su disciplina férrea y su disposición a administrar silenciosamente la agenda, Javier Milei difícilmente habría sobrevivido al desgaste de una exposición constante y a los intentos de cooptación de la vieja política.
Otro mérito es la creación y consolidación de La Libertad Avanza como marca electoral. Mientras el líder libertario ocupaba pantallas y tribunas, Karina tejía la estructura mínima necesaria para competir: armó listas, eligió candidatos, administró recursos y cuidó el sello con una celosa intransigencia. En un escenario dominado por aparatos tradicionales con décadas de rodaje, esa tarea resultó clave para que un outsider pudiera desafiar y derrotar al peronismo y a Juntos por el Cambio.
También se le reconoce una intuición política poco común. Karina Milei parece entender los tiempos, las lealtades y las traiciones del poder argentino con un instinto que muchos profesionales de la política pierden tras años de rosca. Esa capacidad de decir “sí” o “no” en el momento exacto, sin temblar ni titubear, le permitió blindar a su hermano de alianzas tóxicas y garantizarle un espacio de maniobra que otros presidentes recién electos no tuvieron.
Sin embargo, el poder concentrado en una figura sin responsabilidad institucional explícita genera problemas. El principal cuestionamiento hacia Karina Milei es su falta de transparencia. No ha pasado por elecciones, no rinde cuentas públicamente y, sin embargo, interviene en la definición de cargos, candidaturas y políticas. Para muchos, es un poder en las sombras que erosiona la calidad institucional de un gobierno que prometió justamente lo contrario: devolverle al ciudadano la capacidad de controlar a sus dirigentes.
Su estilo autoritario y cerrado también despierta tensiones. La política requiere negociación, construcción de consensos y, en ocasiones, flexibilidad. Karina, en cambio, es señalada por imponer vetos sin explicación, marginar a dirigentes valiosos y privilegiar la fidelidad personal por sobre la capacidad técnica.
Esa lógica puede ser eficaz en la etapa fundacional de un movimiento, pero se vuelve riesgosa cuando se gobierna un país complejo y heterogéneo como Argentina.
Otro demérito es el aislamiento que genera. Su celo protector hacia Javier Milei limita los canales de acceso al Presidente. Ministros, legisladores y aliados externos se quejan en privado de que muchas veces deben pasar un “filtro Karina” para ser escuchados, lo que alimenta roces internos y refuerza la percepción de que el gobierno funciona como un círculo cerrado más que como una coalición de fuerzas.
¿Puede Karina Milei arruinarlo todo?
La gran incógnita es si esta figura clave del oficialismo puede convertirse, paradójicamente, en su mayor debilidad. Karina Milei ha demostrado ser una estratega eficaz, pero el riesgo de hipertrofiar su poder es real. Si las decisiones cruciales del gobierno se toman en un esquema vertical, hermético y dominado por criterios de lealtad, el proyecto libertario podría chocar contra los límites de la gobernabilidad.
La historia argentina está llena de experiencias donde el poder en la sombra terminó debilitando al líder que buscaba proteger. La diferencia entre sostener y asfixiar es tan sutil como decisiva. Si Karina Milei logra evolucionar hacia un rol de articulación más institucional, su aporte puede consolidar la presidencia de su hermano y darle proyección de largo plazo. Pero si persiste en el modelo de secretismo y veto, corre el riesgo de aislar al Presidente, erosionar su base política y alimentar conflictos internos que terminen minando la estabilidad del gobierno.
En definitiva, Karina Milei encarna la paradoja del poder libertario: sin ella, el proyecto probablemente no existiría; con ella, el futuro puede tornarse incierto. El tiempo dirá si su presencia será recordada como el cimiento imprescindible de una nueva etapa política o como el exceso que terminó dinamitando lo construido.

Columnista de Análisis y Opinión