No es cierto, que a todas las palabras se las “lleva el viento”.

Algunas palabras se quedan en el ser ocupando los pensamientos, las creencias, las ideas.

Son palabras que fueron dichas en circunstancias, por determinadas personas que han sido o son significativas para quién las recibe; ya sea por el vínculo, por el rol que desempeñan etc..

Y los mensajes que esas palabras expresan pueden resonar en la emocionalidad, en la valoración, en el quehacer y el sentir de quién las recepciona.

Al revisar estos conceptos no podemos dejar preguntarnos: ¿cómo comunicamos lo que necesítanos comunicar?  Parecería ser que es un punto central el hecho de comprender que somos responsables de lo que decimos, a quién le decimos, cómo decimos y e incluso cuando  decimos. Muchos conflictos vinculares, relacionales, de trabajo, de interacción se inician o profundizan a partir de un decir inapropiado, o descuidado.

Siempre que alguien se siente juzgado en el decir de otro, probablemente, poco podrá ver el conflicto o la molestia que se le está planteando y mucho hará para validar y defender su persona. Siempre que alguien se siente juzgado, se siente amenazado. Entonces, en esos momentos los mecanismos de defensa se pondrán en alerta y/o en marcha.

La propia autoestima, cuando el decir de otros pone “en juego” la auto valoración o la definición de quién uno es, intentará defender, fundamentar, justificar o atacar a quién intente descalificar con un mensaje.

¿Cuándo las palabras no dañan?

Asertividad es el gran secreto. Ser asertivo/a requiere de una mirada especial en relación a uno mismo, a los otros y al medio que rodea.

Mirar sin juzgar, evaluar sin descalificar, hablar de las propias necesidades, dificultades, incomodidades, etc., sin la desvalorización hacia los demás o del entorno, evaluando los acontecimientos, acciones y resultados, puede resultar más aliviador, ya que deja espacio para las modificaciones y la apertura para los nuevos conceptos.

Con lo que los otros nos reflejan de nosotros mismo, también construimos nuestra propia imagen interna, muy especialmente en nuestros primeros años de vida con aquellos adultos que resultan significativos. Si nos repiten una y otra vez que somos valiosos, así lo terminamos creyendo…

Hay palabras que alguien dijo y dejan huella… marcan tiempos, determinan límites, abren opciones, dejan dudas, instalan miedo…

Hay palabras dichas a tiempo y salvan, sanan, empoderan, animan, acarician el ser, alientan motivaciones nuevas y esperanza.

Cuidar las palabras que nuestra boca salen, elegirlas, dirigirlas, ordenarlas expresando nuestros autentico sentir y pensar, también invitan a los otros a utilizar sus palabras de la misma manera.

Graciela Taffarelli

Consultora Psicologica

 

 

Compartir