¿Las ideas progresistas convencen o juegan con la cancha inclinada?

¿Las ideas progresistas convencen

o juegan con la cancha inclinada?

 

–No, claro, mire, yo pienso como usted. Pero no lo puedo decir.

–Tenés razón, es como vos decís, pero si lo digo me matan.

–No quiero tener problemas. Nadie lo obliga a pensar de otra forma, sólo dígalo aunque no lo piense.

–Mirá, yo fui educado en los mismos valores que vos, tengo 3 hijos, estoy casado hace 22 años. Pero hoy en los medios es así.

 

Aborto, perspectiva de género, garantismo, eutanasia, drogas, homosexualidad. Son todas prácticas e ideas que lenta pero inflexiblemente vienen ganando más y más espacio de unos 15/20 años a esta parte en los medios de comunicación, cátedras universitarias, la intelectualidad, la cultura, los ámbitos profesionales e inclusive en algunas parroquias. Pero, ¿por qué ocurre esto? ¿Será por el poder interno de estas banderas? Están repletas de absurdos. ¿Será por el dinero que manejan estos movimientos: feministas, la izquierda, abortistas? Claro que eso tiene mucho que ver pero hoy vamos a poner la atención en otro factor que –para decirlo futbolísticamente– es que el progresismo juega con la cancha inclinada.

Las ideas progresistas están prevaleciendo por el momento porque todo está diseñado y orientado para que prevalezcan. Nos referimos, en una palabra, a la instrumentación del miedo como técnica de control social.

Sin duda que desde siempre existió la amenaza efectiva pero de lo que estamos hablando ahora es del miedo percibido: la sensación de que si hacés o decís tal cosa, puede pasarte lo que le pasó a otros. Por ejemplo, a tu vecino: en una reunión de consorcio dijo que los delincuentes tenían que ir presos y dos alumnas de sociología lo sermonearon ante el resto de los inquilinos. O a ese sacerdote amigo tuyo al que tildaron de fanático cuando dijo que Dios creó al varón y a la mujer, y al que el obispo le tiró de las orejas. O a tu amigo cuando habló pestes del aborto en el trabajo; le pegaron por “falta de empatía” y el ascenso ya conversado nunca llegó. O a tu cuñada en el colegio, cuando discutió la Educación Sexual en una reunión de padres; la trataron de dinosaurio y dejaron de invitarla al té de los jueves. A lo largo de la vida, nos enteramos de muchos de estos casos. En todos ellos, el argumento no es una razón o idea sino un palo en la cabeza.

Ya desde muy jóvenes, percibimos la temperatura de las esferas sociales que integramos. Luego de un tiempo de convivencia, todos más o menos ya le tomamos el pulso al trabajo, al entorno familiar, a los excompañeros del chat de Secundaria, a la gente del gimnasio. A lo que sea. Con un mínimo de astucia, olfateamos esa “tendencia general” dentro de la cual se dan ciertos matices sobre la base de un tronco común y entonces –para encajar, para no chocar, para ser incorporados al grupo– la mayoría se conforma a ellos, al menos en su presencia.

Los ideólogos y militantes del progresismo indudablemente se dan cuenta de esto y lo utilizan en su favor. En definitiva, sería imposible que la sociedad aceptara sus ideas si no fuesen presentadas como mayoritarias, aunque no lo sean. Si lo logran, luego simplemente explotan el miedo de toda persona a ser marginado por sus pares. El temor a estar solo es la savia del progresismo. El terror a la soledad es capitalizado por la ideología, que avanza sobre los escombros no sólo del pánico del individuo a ser distinto de la masa. También aprovecha el silencio de tantos que piensan distinto y no se atreven.

Vos no sentís que te apuntan con una pistola en la cabeza pero te das cuenta de que te están apuntando con su falta de aprobación.

Por temor a la represalia, muchos –aunque en su interior piensen distinto a los demás– repiten un cassette para quedar bien en estos tiempos de corrección política.

El progresismo, por tanto, elige bien la batalla que le conviene. Como no pueden ganar por la razón, se impone por la magia del número, la emoción y el temor. Ahí lo tenemos a Bernard Nathanson, ex abortista, quien ya como converso provida llegó a confesar que su propia propaganda inflaba las cifras de los abortos como para dar la sensación de que “muchos” lo hacían. Control social desde la mentira del número. Muchos lo hacen, entonces yo lo hago. Las falacias ad populum y ad baculum casi son indistinguibles acá.

Cuando una idea o práctica necesita de medios inmorales para vencer, prueba su carácter criminal. Se trata de controlar lo que decimos y lo que pensamos. Pero como no pueden evitar que las objeciones broten por doquier, éstas se sortean simplemente exhibiendo “el cinturón”: si te pasas de la raya vas a sentir el rigor de un escarmiento. No hace falta explicitar la amenaza. A buen entendedor pocas palabras.

Así se forman y moldean los consensos “mayoritarios”, compuestos no por la mayoría de los que piensan sino por la mayoría de a quienes se les deja publicar.

La metodología del déspota, no obstante, está signada por la debilidad, propia de la cobardía: lobos en grupo y ovejas en minoría. Es ahí donde debe ser desenmascarada. Quien quiera respirar otro aire debe comprender que el poder de este recurso se cifra en lo implícito, en lo indirecto, en el lenguaje no verbal; el hechizo radica en su insinuación, el terrorismo psicológico nunca se manifiesta textualmente. No se admite ni bajo tortura, pero se ejerce como tortura del alma. No se le declarará jamás pero se lo practica siempre. De ahí que pierda una parte muy importante de su eficacia al ser descrita en palabras. Te invito, estimado lector, a romper juntos este encantamiento.

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Juan Carlos Monedero

Escritor, docente y conferencista. Licenciado en Filosofía.